LAS IMÁGENES SECRETAS DE LAS CÁRCELES FRANQUISTAS: LOS PASOS PASOS PERDIDOS DE JOSÉ MANAUT VIGLIETTI

LAS IMÁGENES SECRETAS DE LAS CÁRCELES FRANQUISTAS: LOS PASOS PERDIDOS DE JOSÉ MANAUT VIGLIETTI

La rehabilitación de un maestro de la pintura

La noche del 7 de enero de 1971, tras una gran helada, fallecía repentinamente en su casa de Madrid, donde vivía desde hace muchos años, sin molestar ni hacer ruido, en soledad, el pintor, dibujante y profesor valenciano José Manaut Viglietti. Su esposa lo encontró muerto en el suelo de la habitación. Se fue discretamente, sin decir adiós, dejando una producción creativa rica y variada que abarcó distintos ámbitos. Fue enterrado al día siguiente en una fosa común en el cementerio de la Almudena en un acto muy simple, pero emotivo, en el que solo estuvieron presentes su familia y unos pocos amigos. No hubo discursos, ni ceremonia religiosa.

   La prensa valenciana reflejó su fallecimiento: Emilio Fornet de Asensi en Levante, Julio Milego en Las Provincias, José León Rodilla en Jornada. Gerardo Diego, que en 1967 había escrito el texto del catálogo para su muestra en la Sala de Arte de Madrid, glosó también la muerte del pintor y amigo. El mismo año de su muerte se organizaron dos muestras de su obra en Valencia y se anunciaba una muestra antológica en el Museo de Arte Contemporáneo de Madrid que jamás se realizó.

   La muerte de José Manaut Viglietti, un valioso intelectual y artista valenciano de la II República, víctima de las cárceles franquistas, de la depuración, el exilio interior y el confinamiento, pasó desapercibida en el mundillo artístico español, y muy pocos, sólo sus familiares y compañeros más allegados conocían la importancia de su trabajo pictórico, el alcance de su actividad investigadora y su labor pedagógica.

   Para quienes conocían su carácter independiente, introvertido, reflexivo y solitario, no extrañó aquella forma silenciosa de abandonar el mundo. El desenlace de la guerra civil y la represión franquista que se desencadenó después truncó su carrera de artista y estudioso y, lo peor, transformó su carácter, conformando un ser mucho más introvertido, solitario y escéptico. El peso de haber nacido con una mala estrella siempre lo llevó consigo y su muerte en soledad y su posterior entierro en una fosa común corroboraban esa idea que siempre acompañó su existencia. En este sentido podemos decir que fue, en efecto, un creador marginal, con bastante mala suerte, que se encontró envuelto sin desearlo en al marasmo de un concilio incivil y de una post-guerra igualmente trágica que acabó con sus ilusiones, proyectos y esperanzas.

   José Manaut Viglietti vivió tras la guerra una existencia material azarosa y llena de dificultades, al borde de las cosas, que supo ir venciendo sin proferir una queja, y, lo que es más importante, sin traicionarse a sí mismo. Y sólo la comprensión de su mujer, el cariño de sus hijos, el respeto de sus alumnos y la admiración de sus amigos, le sirvió de acicate para desarrollar su obra.

   A pesar de ello, su carácter se mantuvo firme, nunca se amilanó, y asombraba a todo el mundo que le rodeaba porque siempre estaba dispuesto a comenzar y realizar nuevos proyectos en un intento por demostrar a los demás que estaba vivo y que no era un derrotado, aunque seguramente la frustración, la impotencia y la rabia le corroían su corazón maltrecho.

   Perteneciente a una conocida familia de intelectuales y artistas valencianos del primer tercio de siglo XX, José Manaut Viglietti desde muy joven compartió su compromiso republicano y anticlerical con su pasión por la pintura, la investigación y la crítica del arte. Fue catedrático de Dibujo, presidente de la Asociación de Profesores Titulares de Dibujo y artista de renombre. Fue el clásico artista humanista hecho a sí mismo, pero su triunfo no fue el éxito social o económico, sino el de la integridad y fidelidad a unos principios.

   Los que trates de conocer la producción artística y la personalidad intelectual de José Manaut Viglietti se sorprenderán por la coherencia de su trayectoria, su carácter independiente y, al mismo tiempo, su variedad de registros creativos. Tras formarse artísticamente y ganarse la vida como pintor de caballete, especializado en retratos, encontró en la crítica del arte, la investigación artística y en la docencia un campo para desarrollar sus inquietudes intelectuales y trasvasar sus conocimientos a las generaciones más jóvenes. Comenzó de esta manera a interesarse por la historia del arte universal y también a frecuentar bibliotecas y museos buscando materiales y documentos para sus trabajos. No obstante, siempre mostró mayor inclinación por desarrollar su faceta como pintor, que fue la que le proporcionó a lo largo de su vida mayores placeres y reconocimientos.

   Alcanzó prestigio como artista e investigador en los estrechos círculos artísticos madrileños; no así en su ciudad natal, Valencia, donde se le consideraba casi un desconocido. Para pasar a la historia artística nada mejor que encabezar el movimiento, protagonizar una ruptura, redactar un manifiesto, tener amistades bien situadas, agasajar a los gobernantes de turno y salir en los medios informativos. José Manaut no recurrió a ninguno de estos recursos para pasar a la posteridad.

   José Manaut Viglietti pasó por este mundo como un artista discreto, solitario e introvertido, que le molestaba hablar de sí mismo, que no daba importancia a lo que hacía, y que no buscaba la fama, ni el prestigio ni el dinero. Ponerlo en el sitio que merece y recuperar a este artista es un acto de justicia artística. Escribir aquí sobre él es una forma de luchar contra el tiempo histórico, y una manera de atrapar y retener una imagen que se va perdiendo, antes de que acabe petrificando en el olvido. 

   Coherente con su personalidad jamás valoró la importancia de su obra pictórica y literaria. Y menos aún de esa producción formidable que constituían los dibujos y pinturas realizadas durante sus años de presidio en distintas cárceles españolas, que hoy constituyen un documento formidable de la represión franquista de postguerra. Se encargó de ocultar en una maleta en su habitación gran parte de esas obras que ejecutó durante el tiempo que permaneció en prisión, y que salieron a la luz en su estudio de la plaza Chueca a principios de abril de 2000, de forma fortuita, bastantes años después de su muerte. El hallazgo fue realizado por su hija Stella, quien lo puso en conocimiento del coordinador del área de cultura de la Agencia EFE.

   La noticia de la aparición de estos documentos gráficos divulgada por la Agencia EFE provocó entonces un cierto revuelo en los medios artísticos y culturales debido a que se trataba de unos testimonios gráficos y únicos sobre la vida de los presos republicanos. Su nombre fue recordado en las páginas de los periódicos, boletines de radio y noticas de televisión haciéndose eco del hallazgo de doscientas obras suyas que permanecían ocultas permitiendo a muchas personas conocer a este pintor casi olvidado.

   La recuperación de José Manaut Viglietti es un proceso lento iniciado recientemente y al que ha contribuido el hallazgo de estos dibujos y pinturas de temática carcelaria. Tras su desaparición cayó en un injusto olvido, del que va siendo rescatado, en los últimos años, por la inteligente visión de una parte de la crítica. En 1997 fue seleccionado en una exposición sobre pintura de postguerra en la sala Parpalló del centro de la Beneficencia de Valencia.

   Durante muchos años habrá sido un artista olvidado, del que sólo se ocuparon unos pocos especialistas. En ni tesis doctoral La Vanguardia Artística Valenciana de laos años treinta defendida en la Universidad Complutense y recientemente en miDiccionario de Artistas Valencianos del Siglo XX (Valencia, Albatros, 1999) ya traté de reivindicar su obra y su personalidad. Pero es ahora en mi próximo libro Un arte valenciano en las cárceles. La represión de los artistas intelectuales republicanos tras la guerra civil donde espero rehabilitar definitivamente a este intelectual y artista valenciano. Esta exposición de seguro que va a contribuir a esta necesaria recuperación.

 

Su formación

José Manaut Viglietti nació en Liria (Valencia), el 20 de octubre de 1898. Era hijo del crítico de arte, abogado y periodista Manaut Nogués. Se formó en la Escuela de Bellas Artes de Valencia (1913-1918) y en la Escuela Especial de Pintura, Escultura y Grabado (1919-1923), donde fue discípulo de Joaquín Sorolla. En 1916 concurrió a la primera exposición de la Asociación Juventud Artística Valenciana, reiterando su presencia en 1917. En 1919 colaboró en la Exposición de Pintura, Escultura y Arte Recreativo del Círculo de Bellas Artes de Valencia y celebró, también en el citado Círculo, su primera muestra en solitario. En 1920 participó en la Exposición de Pintura, Escultura y Arquitectura del Ayuntamiento de Valencia, y en la Nacional de Bellas Artes de Madrid.

   En 1922 concluyó el segundo periodo de la beca en El Paular de Segovia. Fue galardonado con el premio Sorolla de la escuela de San Fernando, expuso con los demás paisajistas pensionados en el Monasterio de El Paular y acudió a la Exposición Regional de Sevilla y a la Nacional de Bellas Artes. En 1923 terminó sus estudios y el Ministerio de Instrucción Pública le concedió una ayuda para ampliar conocimientos en Francia, Bélgica y Holanda, lo que no le impidió celebrar ese mismo año su tercera muestra individual, esta vez en los salones El Siglo, de Barcelona, y acudir al Salón de Otoño de Parías.

   En 1925 expuso en el Salón de la Société Nationale de Beaux-Arts, y en 1927, presentó en París su exposición "Vieux Montmartre". En 1929 exhibió su obra en la Asociación de Amigos del Arte de Madrid. En 1930 colaboró en la cátedra de Cecilio Pla Gallardo, en la Escuela de San Frenando de Madrid, como profesor auxiliar. En 1933 llevó a cabo su quinta muestra personal en el Ateneo de Tortosa, haciéndolo al año siguiente en el Centro de Lectura de Reus, y en 1936 en la sala Barcino, de Barcelona. El pronunciamiento militar del 18 de julio de 1936 se produjo cuando se encontraba en Valencia, por lo que tuvo que quedarse en casa de sus padres Clara y José.

 

La guerra civil

Tras el estallido de la sublevación militar su compromiso ideológico de izquierdas le llevó a integrarse en distintos colectivos republicanos que desarrollaban tareas de enseñanza, divulgación y recuperación del patrimonio cultural, En los primeros días del conflicto bélico frecuentó los talleres de Artes Plásticas de la Alianza de Intelectuales. Junto a la poetisa Concha Zardoya, amiga íntima del poeta oriolano Miguel Hernández y de su esposa, colaboró en el departamento de Cultura Popular del Gobierno republicano, que se encargaría de las tareas de fomentar la lectura entre los civiles y los soldados que combatían en los frentes. Su trabajo consistiría en la búsqueda de libros y material escolar que luego se enviaba a las escuelas, bibliotecas públicas e incluso a los frentes de combate. Por mediación de su amiga Concha Zardoya entabló amistad con el poeta Miguel Hernández, destinado entonces en la "Posición Pekín" de Torrente, sede del Estado Mayor del Ejército de Levante.

   Con la ocupación de Valencia por las tropas nacionales comenzó un verdadero calvario para los artistas e intelectuales republicanos que habían apoyado al gobierno legítimo. Una de las primeras medidas que tomaron las autoridades franquistas, al hacerse cargo de sus nuevas responsabilidades, fue la de poner en marcha la maquinaria para sancionar y depurar a los funcionarios desafectos y a otros profesionales que se habían señalado en la guerra por su participación activa en el ejército popular, organizaciones institucionales, sindicatos y partidos políticos. En todas las instituciones, organismos, emisoras de radio, periódicos, universidades, colegios e institutos se puso en práctica un sistemático proceso de detenciones, depuraciones y encarcelamientos. Se consideraban "rojos muy peligrosos" a aquellas personas que eran masones, marxistas o separatistas. El Tribunal para la Represión de la Masonería y el Comunismo, que presidía el general Saliquet, depuró a un buen número de escritores, artistas y periodistas que perdieron sus empleos y fueron procesados y condenados. Se tildaban de masones a todos los miembros de esta agrupación que no hubieran sido expulsados o hubieran roto explícitamente toda relación con ella.

   Poco después de la "liberación" de las ciudades valencianas, se confeccionaron listas negras en las que se hallaban escritores, artistas, juristas, profesores, catedráticos, abogados que iban a ser juzgados por los tribunales de responsabilidades políticas, condenados a muerte o a largas penas de prisión. Las denuncias y los expedientes personales del personal funcionarial desafecto al régimen se realizaban en los colegios y asociaciones profesionales que las remitían a los comités de depuración, que se encargaban de comprobarlas y de hacer cumplir las sanciones impuestas.

   Una de las primeras disposiciones de las autoridades de ocupación fue convocar a todos los artistas plásticos en la escuela de Bellas Artes de Valencia para depurar responsabilidades políticas y recibir consignas. Aquellos artistas que acudieron a la reunión informativa como Antonio Ballester, Rafael Pérez Contel, Francisco Carreño. Vicente Vidal Corella, Vicente Beltrán y otros muchos fueron detenidos y enviados a la Comisaría del Colegio de Sagrado Corazón de Jesús, donde prestaron declaración. La mayor parte de ellos, tras ser interrogados, fueron enviados a la cárcel Modelo de Valencia bajo la acusación de "haber auxiliado la rebelión".

   José Manaut, que sospechaba que la convocatoria de las autoridades franquistas en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos iba a ser una encerrona, decidió no acudir, por lo que se libró temporalmente de ser detenido y enviado a prisión. Con anterioridad el resto de su familia con su padre al frente - un republicano destacado que había sido decano del Colegio de Abogados, presidente de la Asociación de la Prensa de Valencia, además de pintor y crítico de arte -, se había trasladado a la frontera francesa, para más tarde viajar a México. Ante el temor de ser apresado por su condición de republicano, masón y anticlerical, José Manaut Viglietti optó por vivir oculto un tiempo en una lóbrega buhardilla de la ciudad del Turia. Tras permanecer en el encierro un mes, decidió trasladarse a Madrid, en un intento de pasar desapercibido entre los miles de refugiados. Allí vivió sin ser molestado más de un año en casa de unos familiares, hasta que pudo conseguir un trabajo en el taller de Lapayese. Sin embargo en 1943 sería encarcelado, al parecer por una denuncia anónima, y juzgado y enviado a la Prisión Provincial de Madrid.

 

Un arte en las cárceles

En la cárcel de Carabanchel, donde se hacinaban miles de presos republicanos, consiguió autorización de la dirección del centro para poder dibujar y pintar tal como lo había hecho con anterioridad en la prisión de Polier. Prosiguió dibujando a escondidas apuntes sobre la vida diaria de los presos republicanos, que ocultaba celosamente a la vista de los guardianes y su mujer lograba sacar ocultos con la ropa sucia de la prisión. Estos dibujos se convertirían muchos años después en uno de los documentos gráficos más elocuentes de la vida de los presos de postguerra.

   José Manaut impresionado por aquel escenario carcelario donde se hacinaban miles de presos anónimos muchos de los cuales estaban condenados a muerte, decidió inmortalizarlos para siempre en pequeños bocetos, dibujos y óleos. Las imágenes de ellos que captó mostraban no solo los detalles de su vida diaria, como era la siesta, el rancho, la lectura de la correspondencia o el despiojamiento, sino que testimonian la crudeza de la represión franquista en las cárceles. Mostraban, también, un ahondamiento reflexivo en la realidad circundante, en la memoria, en lo sensorial, en ese límite, que ya perturbaba a nuestro genial Francisco de Goya cuando denunciaba los horrores de la guerra un siglo antes. Escenas, personajes y tipos que captaba con su penetrante retina y con muy escasos recursos técnicos que son un verdadero testimonio plástico de la vida carcelaria, pero también una indagación de la raíz del propio artista, desprovista de máscaras, a través del extraordinario instrumento que es el arte.

   Aquellas obras realizadas por José Manaut en la cárcel echaban por tierra la idea de que el artista no tiene buenas relaciones con la realidad, que evita el compromiso, y que se ve obligado a deformar la realidad para convertirla en cuadro, de que tiene que engañar a la vista pintando o dibujando las cosas donde no están o como son, y todo ello en función de unas supuestas prescripciones de encontrar la belleza de las cosas. En estas obras nos encontramos ante la crónica plástica de un descenso a los infiernos, al mundo oscuro y dramático de las prisiones franquistas, pero también ante un formidable documento personal, vital e introspectivo de un observador pertinaz empeñado en reproducir sus visiones. En este sentido sus imágenes son un documento formidable para recuperar la memoria dramática que muchos trataron de olvidar.

   En el terreno estrictamente estético, sus óleos, dibujos y bocetos no tenían en ese momento pretensiones formales que fuesen más allá de testimoniar la vida de los presos republicanos en las cárceles franquistas. Así entre la expresión y la comunicación, el acento del autor se volcaba en el segundo término. De ahí a la calidad tan desigual de las distintas obras que ejecutó esos años, ya que su finalidad era exclusivamente testimonial. Su propósito era transmitir lo que sus ojos estaban viendo en ese momento, al margen de intenciones estéticas. La fuerza del mensaje plástico quedaba asegurada para la posterioridad, con su mezcla de tragedia, fatalidad, evocación, abatimiento y desmoralización. Su lenguaje era de la alusión figurativa, sin aditamentos, con supresión total del detalle singular, y evitando la deformación expresionista. Los presos eran retratados se manera realista, tal como los veía, utilizando la técnica tradicional del dibujo al carbón, del que él era un especialista consumado.

   Lo que José Manaut nos ofrece en esas pinturas y dibujos no es un testimonio histórico, sino multitud de pequeñas historias, retazos sueltos, imágenes de anónimos presos republicanos que se suceden en un ámbito nebuloso, pero tristemente real, por donde no pasa el tiempo. Nos encontramos con unas obras de arte pequeñas de un verdadero maestro que siempre quiso ser artista, y que sin quererlo, dejó tras su paso por las cárceles franquistas, el más importante testimonio plástico que existe en nuestro país sobre la vida cotidiana de los presos republicanos. Sus obras enlazan con esa tradición importantísima y vital, la de los horrores de la guerra, que en la historia del arte español inició Francisco de Goya en sus grabados sobre la Guerra de la Independencia. Tanto el testimonio gráfico dejado por José Manaut sobre las cárceles de Carabanchel y Porlier, como los dibujos realizados por sus paisanos Rafael Pérez Contel, Francisco Badía, Antonio Ballester, Juan Bautista Toledo Pinazo, Francisco Carreño, Joseph Lluch, Gonçal Castelló, Rafael Raga, Manuel Monleón Burgos, José Sabina, Ricard Rosso y Vicente Beltrán en la Cárcel Modelo, en el Monasterio de San Miguel de los Reyes, en el sanatorio antituberculoso de Portacoeli o en el Preventorio de Alicante, constituían formidables testimonios de la vida en las cárceles franquistas al finalizar la guerra civil.

   Su trascendencia artística estriba en que fue uno de los pocos artistas españoles que de forma fehaciente y directa captó el drama de la vida de los presos republicanos no solo en multitud de dibujos, bocetos, aguadas y óleos, sino a través de poemas y una sorprendente correspondencia dirigida a su esposa y a sus amigos. Nos dejó, en efecto, un extraordinario documento, prolijo, minucioso, todo un ejemplo de arte y de literatura memorialística llevada a un extremo casi lírico al tratar de hacer aflorar sus emociones, su rabia y su desolación. Se propuso ser un impecable cronista de la vida de la prisión, para dejar un testimonio futuro, y lo consiguió, de una manera ejemplar.

   Posiblemente ningún artista español antes que él se había entregado con tanto ardor a ese tipo de actividad memorialística carcelaria y había reflexionado tanto sobre su condición de preso que a toda costa trataba de recuperar la libertad. Sin desearlo se convirtió en un testigo y en un cronista directo y contumaz de la represión a través de sus cartas, de sus poemas y de sus imágenes asombrosas cuya lectura o visión nos pone la piel de gallina. Con estos extraordinarios documentos gráficos y literarios conocemos ahora, sesenta años después de acabar la guerra, de primera mano, lo que significó para miles de presos republicanos la represión franquista.

   Al ser puesto en libertad en 1944 fue desterrado a la localidad vasca de Durango, donde permaneció solo y aislado de su mujer y de sus dos hijos de corta edad -Ariel y Stella-. Cuando regresó a su casa, en 1945, sus hijos apenas le conocían y tenía en el semblante la huella física de su cautiverio y la marca del desánimo del desterrado. Era un hombre que había envejecido espiritualmente, más hecho artísticamente y más maduro, pero también más escéptico, más anticlerical y antifranquista. Había pasado una de las peores experiencias y, a partir de entonces, se dedicó a reorientar su vida y, sobre todo, a olvidar y recuperar el tiempo perdido. Unos meses después consiguió un puesto de profesor de Artes Plásticas en el Liceo Francés de Madrid, ocupando la plaza que había dejado el dibujante Penagos.

   En su condición de profesor de Dibujo supo transmitir a sus alumnos sus conocimientos artísticos y, sobre todo, impregnarles del amor por el arte. De entre sus muchos jóvenes alumnos que pasaron por sus clases guardaba un grato recuerdo del inteligente y estudioso Miguel Boyer, más tarde ministro de Economía, y también de Gregorio Peces-Barba, que bastantes años después sería el presidente del Congreso de los Diputados y rector de la Universidad Carlos III de Madrid. Alumno suyo bastante díscolo y travieso fue un joven llamado Simeón, hijo de Boris III de Bulgaria y de Juana de Saboya, al que en una ocasión propinó un cachete que a punto estuvo de provocar un incidente diplomático con el gobierno del general Franco, que había dado en los años cuarenta cobijo a esta familia real búlgara exiliada de su país gobernado por los comunistas.

   Compaginaba su actividad docente con su trabajo de pintor de caballete, especializado en la ejecución de retratos por encargo. Por su estudio de la plaza de Chueca pasaron algunas de las personalidades más relevantes de la vida financiera, cultural y artística madrileña. Igualmente comenzó a concurrir a salones y a celebrar exposiciones en solitario en las que dio a conocer su obra, centrada principalmente en el paisaje.

 

Poderoso intelectual

Al mismo tiempo reanudó su actividad como investigador y crítico del arte en distintas publicaciones españolas, destacando su colaboración en la revista Goya, publicada por el Museo Lázaro Galdiano, entonces dirigido por Camón Aznar. Entre las figuras contemporáneas sobre las que escribió destacan Bernardo Ferrándiz, Antonio Muñoz Degraín, Santiago Rusiñol, Ignacio Zuloaga, Valentín Zubiaurre, Daniel Vázquez Díaz, Carlos Sáenz de Tejada, Joaquín Sorolla, Cecilio Plá, Manuel Benedito y Mariano Benlliure; y entre las que realizó investigaciones históricas se encuentran El Greco, Tiziano, Miguel Ángel, Caravaggio, Velázquez o Ribera. También dedicó atención a los fondos de los museos de Sevilla, Cádiz y Valencia, la Casa-Museo de El Greco en Toledo, o la pinacoteca del Colegio del Corpus Chisti de Valencia.

   La Fundación Juan March le concedió en 1959 una beca para Italia, país que recorrió estudiando y pintando, durante algún tiempo. Visitó Grecia, volvió a París y participó en importantes muestras colectivas en el extranjero y en España. A su regreso de este viaje presentó en 1962 la memoria reglamentaria de la beca: “Estudios sobre la pintura helenístico-romana” y “La personalidad de Michel Angelo Caravaggio y su protección en la pintura española de los siglos XVI y XVII”.

   Fruto de sus viajes en investigaciones sobre el arte fueron trabajos “Las pinturas del Hospital de la Caridad de Sevilla”, las tablas de devoción de la Reina Isabel, en la Capilla Real de Granada”, “El arte y la personalidad de Daniel Vázquez Díaz”, “Cecilio Plá, ilustrador de Blanco y Negro”, etcétera; publicando en 1959 su libro Técnica del arte de la pintura y en 1964 Crónica del pintor Joaquín Sorolla.

   A su muerte dejó inéditos varios trabajos: “Análisis técnico del trabajo de Velázquez”, “Los maestros de la Italia Central” y “Vida y obra de Giuseppe de Ribera `El Spagnoletto´”.

   También pronunció conferencias sobre temas artísticos, como “El espejo alabeado, consideraciones sobre artes plásticas contemporáneas”, que pronunció en la Asociación de Pintores y Escultores de Madrid, o “Breve disertación sobre el arte de la Pintura” que leyó en la Casa de Valencia en Madrid, ambas en 1955. Al año siguiente intervendría nuevamente en la Asociación de Pintores y Escultores para analizar “De Zuloaga a Palencia, la reacción anti-impresionista en la pintura española contemporánea”.

 

                                                                                                                                           Francisco Agramunt Lacruz

 

UNIVERSIDAD CARLOS III DE MADRID, UNIVERSITAT DE VALENCIA; José Manaut. Óleos y dibujos desde la prisión, 1943-44. Imprenta  Comunicación Gráfica, S.L. 2002, pp. 11-19.